Barthes y el poder de decirle a una imagen cómo mirarla

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Roland Barthes fue un escritor, crítico y semiólogo francés. Estudió cómo producimos significado a través de las palabras, las imágenes, los objetos y los códigos culturales que usamos sin darnos cuenta.

En 1964 publicó un ensayo titulado La retórica de la imagen, donde analizaba un anuncio de la marca italiana Panzani. Su idea principal era sencilla, aunque sus consecuencias son enormes: una imagen nunca significa una sola cosa.

Una bolsa con verduras, pasta y una salsa puede hablar de comida italiana, de frescura, de tradición, de abundancia, de hogar o de calidad. La imagen abre muchas interpretaciones posibles. Barthes llamó a esa condición polisemia: una imagen contiene varios significados que pueden activarse según quién la mire y en qué contexto.

Entonces aparece el texto.

Una frase, un nombre, un titular o un eslogan puede orientar la interpretación de la imagen hacia un significado concreto. No elimina todos los demás, pero indica cuál debemos mirar primero. Eso es el anclaje.

El texto le dice al lector: «mira esto, no aquello».

La misma fotografía de una persona con bata blanca puede parecer una escena médica, científica, tecnológica o publicitaria. Todo depende, en parte, de las palabras que la acompañen. Si escribimos «Atención personalizada», la lectura será una. Si escribimos «Precisión clínica», será otra. La imagen no ha cambiado, pero sí el marco desde el que la entendemos.

Barthes también habló del relevo. En ese caso, el texto no solo fija el significado de una imagen, sino que añade información y hace avanzar una acción o una historia. Es habitual en los cómics, en el cine o en una secuencia publicitaria.

En una marca, sin embargo, el anclaje aparece constantemente. Está en el nombre, en el eslogan, en los titulares, en los textos de una web, en la descripción de un producto y en la forma de presentar una imagen.

Por eso la estrategia verbal no consiste simplemente en escribir frases bonitas. Consiste en decidir qué interpretación queremos favorecer.

Una identidad visual puede parecer sofisticada, cercana, rebelde, técnica o artesanal. Las palabras ayudan a que esa percepción no dependa por completo de la intuición de quien la recibe.

Esto también explica por qué un nombre nunca es solo una etiqueta. Un nombre activa asociaciones, limita interpretaciones y coloca a la marca dentro de un territorio de significado. Antes de que el público conozca todos los detalles de una empresa, ya está intentando entender qué es a partir de sus palabras.

El anclaje no consiste en explicarlo todo ni en llenar cada imagen de texto. Consiste en hacer intencional el significado principal.

Sin anclaje, una marca puede decir cosas distintas a personas distintas. Con un anclaje mal elegido, puede decir exactamente lo contrario de lo que pretendía. Con un buen anclaje, las palabras y las imágenes empiezan a trabajar en la misma dirección.

La pregunta no es solo «¿qué muestra esta imagen?». También es: «¿qué quiero que la gente entienda cuando la mire?»

Esa es, en el fondo, una de las aportaciones más útiles de Barthes a la estrategia verbal: recordarnos que las palabras no decoran el significado. Lo construyen.

Fuentes: Roland Barthes, La retórica de la imagen, Diccionario de identidad verbal

Foto: Magnum