IA: Trucos de feria y cursillos de fin de semana

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Nunca una tecnología reciente había llegado acompañada de tanta grandilocuencia como la inteligencia artificial. Se la comparó con el fuego, con la imprenta, con la electricidad. El discurso prometía una mutación total: profesiones extinguidas, creatividad automatizada, un futuro gobernado por algoritmos.

Lo que vemos, sin embargo, es otra cosa. Ranas que vuelan en motonetas, cartas de amor con olor a plantilla, redacciones escolares que simulan autoridad pero carecen de alma. Una proliferación de imágenes espectaculares que se consumen con la misma fugacidad con que se olvidan. Guy Debord, en La sociedad del espectáculo, describía un mundo en el que lo vivido se sustituye por su representación. La IA, en su fase actual, no produce tanto experiencias nuevas como simulacros que imitan experiencias pasadas.

Jean Baudrillard llevó esa intuición más lejos: vivimos en un tiempo de “hiperrealidad”, donde los signos no representan nada real, sino que circulan en un bucle cerrado de simulación. La IA encarna ese destino: textos que parecen escritos, imágenes que parecen fotografías, voces que parecen humanas. Nada de ello remite a un referente firme; todo circula como signo autónomo, como mercancía simbólica.

Y McLuhan, mucho antes, advirtió que “el medio es el mensaje”. Hoy el medio no es ya la televisión ni la imprenta, sino el modelo algorítmico. Lo decisivo no es lo que se dice, sino el hecho de que lo diga una máquina. La fascinación —y el miedo— provienen de esa condición: no importa el contenido, importa la novedad del canal.

En este contexto, los grandes beneficiarios no son quienes producen ni quienes consumen, sino quienes venden la promesa de la IA. Startups inflan expectativas para atraer inversión. Corporaciones prometen disrupciones que se diluyen en productos triviales. Y, sobre todo, pululan los feriantes contemporáneos: gurús que ofrecen cursillos de fin de semana para “dominar la IA” y que convierten el miedo en mercancía.

La paradoja es clara: los sectores donde la IA podría tener un impacto real —biomedicina, logística, energía, investigación científica— avanzan en silencio y con dificultad. Mientras tanto, lo que ocupa titulares y redes son los trucos de feria. La brecha entre la promesa y la realidad alimenta el cinismo: para la mayoría, la “revolución” se reduce a un entretenimiento pasajero.

La inteligencia artificial no es irrelevante, pero sí está atrapada en una narrativa hipertrofiada. Lo que necesita no son más discursos mesiánicos, sino una voz sobria capaz de distinguir entre el simulacro y el cambio estructural. De lo contrario, el riesgo es que el ruido devore la sustancia.

Hoy, agosto de 2025, el estado de la cuestión puede resumirse sin grandilocuencia: trucos de feria y cursillos de fin de semana. Y tal vez esa frase, en su ironía, sea más precisa que toda la retórica apocalíptica de Silicon Valley.